lunes, 4 de julio de 2016

¿La moral del esclavo?

Afirma Julio Anguita lo siguiente: “Está ocurriendo algo espantoso: está naciendo lo que yo llamo la moral del esclavo. José María Pemán escribió una vez: “La criada se siente muy reconocida y muy contenta cuando ve a su señora lucir las joyas, porque al verla se cree que es ella la que está llevado las joyas”. Cuando alguien está defendiendo a quien le explota, a los “mercados” o a la clase política corrupta, ha llegado al nivel más bajo al que puede llegar un ser humano: bendecir la porra que le golpea, besar las botas que lo pisan”.


Empecemos con la afirmación de José María Pemán. Este escritor, comprometido con el conservadurismo, mira a la criada desde arriba y le niega la conciencia. La criada no es idiota y en ningún momento cree que es ella quien está llevando las joyas. Lo que hace es apreciar la belleza de los vestidos, calzados y joyas que lleva su señora. Y soñará que por algún golpe del destino ella pueda disfrutar algún día de la riqueza de la que disfruta su señora. Su aspiración es convertirse en algún día en señora o en tener los suficientes recursos económicos para dejar de ser criada. Pero hay más: decía Marx que el predominio absoluto del dinero ha provocado que el sentido del tener obnubile el resto de los sentidos. Así que se puede disfrutar de la belleza de las joyas sin poseerlas. Y esto le sucede a las criadas. Hace muy mal el conservador Pemán en negarle la conciencia a la criada y socavarle su dignidad como persona. De todos modos y dado los tiempos que corren sería mucho más correcto y digno hablar de empleadas del hogar que de criadas. Aprovecho para contarles una pequeña anécdota. El otro día vi en televisión un programa sobre Cuba. En una de sus plazas más famosas un hombre de pocos recursos decía lo siguiente: esta plaza se conoce en todas las partes del mundo y una persona que tenga mucho dinero puede compartir conmigo una cerveza y disfrutaremos juntos de la música que nunca falta en este lugar. Hablaba este hombre de un espacio común entre adinerados y personas con pocos recursos. Esta concepción de las relaciones entre clases diferentes no las dibuja pertenecientes a mundos absolutamente diferentes y distantes. Y no por ello debemos considerar a este cubano como un hombre carente de conciencia, sino todo lo contrario: orgulloso de su tierra y feliz con lo que le ha deparado la vida.

Vayamos ahora con la conjetura de Anguita. Su afirmación en términos humanísticos no está nada bien: es injuriosa e irrespetuosa. Le ocurre lo mismo que a Pemán: le niega la conciencia y la voluntad al trabajador. Hay que evitar ciertas metáforas que desfiguran la realidad. En España no hay porras que golpean ni hay botas que pisan en las relaciones entre las clases sociales. Así que nadie bendice las porras que lo golpean ni besan las botas que lo pisan. No vivimos en una sociedad esclavista ni los trabajadores tienen la moral de los esclavos. Anguita peca, como muchos teóricos radicales, de intelectualismo. Desfigura la realidad y pone a los trabajadores que votan al PP como personas con la moral de un esclavo. Anguita se sube a un pedestal imaginario donde se cree que está muy alto y se representa a los trabajadores que votan al PP en los escalones más bajos del desarrollo civilizatorio. Esta representación imaginaria de Anguita es, por un lado, falsa, y por otro lado, denigra la condición moral de los trabajadores.

Veamos ahora el concepto de explotación según Marx. Es un concepto económico. Anguita lo utiliza con contenido moral. Y al añadirle un contenido moral al concepto de explotación, modifica la representación que nos hacemos de la realidad. Marx divide la jornada laboral en dos partes: trabajo necesario y plustrabajo. Durante el trabajo necesario el trabajador produce su salario bruto, incluida la cuota empresarial de la seguridad social, mientras que durante el plustrabajo produce el plusvalor, que incluye los beneficios, los intereses, la renta del suelo y los impuestos. Marx llama cuota de plusvalía o cuota de explotación a la relación entre el plusvalor y el salario. No hay en este concepto ningún contenido que nos obligue a representarnos la cuota de explotación o explotación del trabajo con la imagen de un capitalista con el látigo en las manos y al trabajador arrastrándose a sus pies. Esa realidad no existe en los países de la Unión Europea en la actualidad.

Sigamos. Todos los que somos marxistas esperábamos que la Unión Soviética y China demostraran al mundo que en el sistema socialista los trabajadores vivían mejor que en el sistema capitalista. Pero la experiencia demostró lo contrario: en la URSS la tasa de explotación de los trabajadores fue superior a la tasa de explotación de los trabajadores de Europa Occidental. El desproporcionado desarrollo de la industria pesada   respecto de la industria ligera fue la causa de que el plustrabajo fuera en la URSS excesivamente grande respecto del trabajo necesario. Un escaso desarrollo de la industria ligera significa una producción baja de los medios de consumo. Y a partir de 1978 Deng Xiaoping alertó que un socialismo pobre jamás atraería a la población trabajadora hacia el socialismo y el marxismo. Y la experiencia había demostrado que el mercado es un mecanismo muchísimo mejor para desarrollar las fuerzas productivas que el plan. De ahí que el PCCH propusiera la idea de un mercado socialista. Anguita no puede olvidar que es imposible ante las lecciones de la experiencia del socialismo real que los trabajadores nieguen el capitalismo y afirmen el socialismo. La falta de conciencia socialista que se da en las naciones de la Unión Europea es culpa, en parte, de aquella experiencia, y en parte, del debilitamiento y casi extinción de los partidos comunistas. Y Podemos, al que tanto admira Anguita, representa no una ideología socialista sino una ideología populista.

Le sucede a Anguita como a algunos antiguos marxistas que siempre que hablan de los trabajadores, en parte, solo hablan del sector más pobre, y en parte, desconocen cómo viven su vida los trabajadores en su integridad. La política es solo una parte de la vida y no la totalidad de la vida y la conciencia no solo es la conciencia política. Hay trabajadores que políticamente son de derechas pero socialmente son de izquierdas, y al revés: hay accionistas y rentistas que políticamente son de izquierda y socialmente son profundamente de derechas. Conozco a muchos empleadas y empleados de El Corte Inglés o de grandes supermercados que tienen un buen coche, una buena casa, visten muy elegante y viajan al extranjero. Recuerdo el caso de un señora pensionista de La Isleta, barrio de Las Palmas, que había estado en Nueva York siete veces. Ninguno de estos trabajadores se sienten esclavos ni tienen la moral de un esclavo. En suma, es un error político profundo negarles la conciencia, la voluntad y la libertad de pensamiento a aquellos trabajadores que no depositan su confianza en los partidos de izquierda. Hay que bajarse del pedestal y no acercarse a la gente en el papel de oráculo y en los periodos electorales. A la gente se le debe conocer durante toda la vida. Solo me resta decir que la lógica dialéctica de la que está preñada El Capital de Karl Marx no presenta los contrarios en oposición absoluta y en lucha constante, sino siempre sujetos a transiciones y a matices.



8 comentarios:

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  2. Se podrá especular sobre al motivo de por qué la conciencia de clase se ha ido diluyendo hasta nuestros días, pero lo cierto es que “la moral del esclavo” que cita Anguita refleja perfectamente la mentalidad de muchos asalariados (no todos) en la actualidad. Lo cual no supone ni subirse a un pedestal ni denigrar la condición moral de nadie sino constatar un hecho. Exponerlo metafóricamente no le resta validez sino que aporta claridad a la paradoja consistente en que muchos explotados apoyen con su voto a sus explotadores.

    Por otra parte, si bien es cierto que no vivimos en una sociedad esclavista, ni estamos en la Edad Media, existe un paralelismo entre el esclavo y el trabajador asalariado. Ninguno de los dos es libre. El primero sería esclavo a jornada completa y el segundo, esclavo a tiempo parcial. No hay que olvidar que alguien obligado a vender su fuerza de trabajo para garantizarse la existencia material no es libre. Además las precarias y humillantes condiciones laborales actuales son bastante próximas al esclavismo.

    Desgraciadamente “la moral del esclavo” está muy vigente en nuestra sociedad pero no es exclusivo, ya La Boétie hace unos cuantos siglos en “Sobre la servidumbre voluntaria” se sorprendía de algo muy parecido:

    “Por el momento solo quisiera comprender cómo es posible que tantos hombres, tantas aldeas, tantas ciudades, tantas naciones, soporten a veces un tirano aislado que no tiene sino el poder que ellos le dan, que solo puede dañarles en la medida que quieran soportarlo, y que no podría hacerles ningún mal si no prefiriesen aceptarle todo antes que contradecirlo.”

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  3. Estoy de acuerdo con Aldapa Behera. Me hace pensar en la paradoja de Hume. Acá en mi país perdió la izquierda entre otras cosas porque confió demasiado en la clase trabajadora. Bien decįa el Che Guevara que en Bolivia desconfiaba ante todo de los campesinos bolivianos, por la lealtad de estos al patrón. Y de hecho cayó gracias a la traición de un campesino boliviano.
    Hace tiempo que vengo descreyendo eso de la inocencia de los pueblos: nos guste o no, estos suelen volverse cómplices de sus tiranos. Como bien dijo Campus: "Ellos mandan porque tú obedeces". Y obedece la gente porque tiene la esperanza de ser algún día parte de los que son obedecidos. La raíz del mal está en todos. Lo cual no significa que no haya nada que hacer.

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  4. La dignidad del hombre y la dignidad del trabajo - Nietzsche

    "La dignidad del trabajo es una idea moderna ilusoria de lo más idiota. Es un sueño de esclavos. Todos se atormentan por seguir vegetando miserablemente".

    Los modernos tenemos respecto de los griegos dos prejuicios que son como recursos de consolación de un mundo que ha nacido esclavo y, que por lo mismo, oye la palabra esclavo con angustia, me refiero a esas dos frases:

    La dignidad del hombre y la dignidad del trabajo.

    Todo se conjura para perpetuar una vida de miseria, esta terrible necesidad nos fuerza a un trabajo aniquilador, que el hombre (o mejor dicho, el intelecto humano), seducido por la Voluntad, considera como algo sagrado. Pero para que el trabajo pudiera ostentar legítimamente este carácter sagrado, sería ante todo necesario que la vida misma, de cuyo sostenimiento es un penoso medio, tuviera alguna mayor dignidad y algún valor más que el que las religiones y las graves filosofías le atribuyen. ¿Y qué hemos de ver nosotros en la necesidad del trabajo de tantos millones de hombres, sino el instinto de conservar la existencia, el mismo instinto omnipotente por el cual algunas plantas raquíticas quieren afianzar sus raíces en un suelo roquizo?

    En esta horrible lucha por la existencia sólo sobrenadan aquellos individuos exaltados por la noble quimera de una cultura artística, que les preserva del pesimismo práctico, enemigo de la naturaleza como algo verdaderamente antinatural. En el mundo moderno que, en comparación con el mundo griego, no produce casi sino monstruos y centauros, y en el cual el hombre individual, como aquel extraño compuesto de que nos habla Horacio al empezar su Arte Poética, está hecho de fragmentos incoherentes, comprobamos a veces, en un mismo individuo, el instinto de la lucha por la existencia y la necesidad del arte. De esta amalgama artificial ha nacido la necesidad de justificar y disculpar ante el concepto del arte aquel primer instinto de conservación. Por esto creemos en la dignidad del hombre y en la dignidad del trabajo.

    Los griegos no inventaban para su uso estos conceptos alucinatorios; ellos confesaban, con una franqueza que hoy nos espantaría, que el trabajo es vergonzoso, y una sabiduría más oculta y más rara, pero viva por doquiera, añadía que el hombre mismo era algo vergonzoso y lamentable, una nada, la sombra de un sueño. El trabajo es una vergüenza porque la existencia no tiene ningún valor en sí: pero si adornamos esta existencia por medio de ilusiones artísticas seductoras, y le conferimos de este modo un valor aparente, aún así podemos repetir nuestra afirmación de que el trabajo es una vergüenza, y por cierto, en la seguridad de que el hombre que se esfuerza únicamente por conservar la existencia, no puede ser un artista.

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  5. En los tiempos modernos, las conceptuaciones generales no han sido establecidas por el hombre artista, sino por el esclavo, y éste, por su propia naturaleza, necesita, para vivir, designar con nombres engañosos todas sus relaciones con la naturaleza. Fantasmas de este género, como dignidad del hombre y la dignidad del trabajo, son engendros miserables de una humanidad esclavizada que se quiere ocultar a si misma su esclavitud.

    La moral de los esclavos nace de los oprimidos y débiles, los esclavos inventan una moral que haga más llevadera su condición de esclavos. Como tienen que obedecer a los señores, los esclavos dicen que la obediencia es buena y que el orgullo es malo.

    Míseros tiempos en que el esclavo usa de tales conceptos y necesita reflexionar sobre sí mismo y sobre su porvenir. ¡Miserables seductores, vosotros, los que habéis emponzoñado el estado de inocencia del esclavo, con el fruto del árbol de la ciencia! Desde ahora, todos los días resonarán en sus oídos esos pomposos tópicos de los derechos fundamentales del hombre, del hombre como tal, o de la dignidad del trabajo, mentiras que no pueden engañar a un entendimiento perspicaz. Y eso se lo diréis a quien no puede comprender a qué altura hay que elevarse para hablar de dignidad, a saber, a esa altura en que el individuo, completamente olvidado de sí mismo y emancipado del servicio de su existencia individual, debe crear y trabajar. Y aún en este grado de elevación del trabajo, los griegos experimentaban un sentimiento muy parecido al de la vergüenza.

    La creación artística, como cualquier otro oficio manual, caía para los griegos bajo el concepto poco significado de trabajo. Pero cuando la inspiración artística se manifestaba en el griego, tenía que crear y doblegarse a la necesidad del trabajo. Y así como un padre admira y se recrea en la belleza y en la gracia de sus hijos, pero cuando piensa en el acto de la generación experimenta un sentimiento de vergüenza, igual le sucedía al griego. La gozosa contemplación de lo bello no le engañó nunca sobre su destino, que consideraba como el de cualquiera otra criatura de la naturaleza, como una violenta necesidad, como una lucha por la existencia.

    Lo que no era otro sentimiento que el que le llevaba a ocultar el acto de la generación como algo vergonzoso, si bien, en el hombre, este acto tenía una finalidad mucho más elevada que los actos de conservación de su existencia individual: este mismo sentimiento era el que velaba el nacimiento de las grandes obras de arte, a pesar de que para ellos estas obras inauguraban una forma más alta de existencia, como por el acto genésico se inaugura una nueva generación. La vergüenza parece, pues, que nace allí donde el hombre se siente mero instrumento de formas o fenómenos infinitamente más grandes que él mismo como individuo.

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  6. Y con esto hemos conseguido apoderamos del concepto general dentro del que debemos agrupar los sentimientos que los griegos experimentaban respecto del trabajo y de la esclavitud. Ambos eran para ellos una necesidad vergonzosa ante la cual se sentía rubor, necesidad y oprobio a la vez. En este sentimiento de rubor se ocultaba el reconocimiento inconsciente de que su propio fin necesitaba de aquellos supuestos, pero que precisamente en esta necesidad estriba el carácter espantoso y de rapiña que ostenta la esfinge de la naturaleza, a quien el arte ha representado con tanta elocuencia en la figura de una virgen. La educación, que ante todo es una verdadera necesidad artística, se basa en una razón espantosa; y esta razón se oculta bajo el sentimiento crepuscular del pudor. Con el fin de que haya un terreno amplio, profundo y fértil para el desarrollo del arte, la inmensa mayoría, al servicio de una minoría y más allá de sus necesidades individuales, ha de someterse como esclava a la necesidad de la vida a sus expensas, por su plus de trabajo, la clase privilegiada ha de ser sustraída a la lucha por la existencia, para que cree y satisfaga un nuevo mundo de necesidades.

    Por eso hemos de aceptar como verdadero, aunque suene horriblemente, el hecho de que la esclavitud pertenece a la esencia de una cultura; ésta es una verdad, ciertamente, que no deja ya duda alguna sobre el absoluto valor de la existencia. Es el buitre que roe las entrañas de todos los Prometeos de la cultura. La miseria del hombre que vive en condiciones difíciles debia ser aumentada, para que un pequeño número de hombres olímpicos pudiera acometer la creación de un mundo artístico. Aquí esta la fuente de aquella rabia que los comunistas y socialistas, así como sus pálidos descendientes, la blanca raza de los liberales de todo tiempo, han alimentado contra todas las artes, pero también contra la Antigüedad clásica.

    Pero no debemos olvidar una cosa: la misma crueldad que encontramos en el fondo de toda cultura, yace también en el fondo de toda religión y en general, en todo poder, que siempre es malvado; y así lo comprendemos claramente cuando vemos que una cultura destroza o destruye, con el grito de libertad, o por lo menos de justicia, el baluarte fortificado de las reivindicaciones religiosas.

    Por esto también debemos comparar la cultura con el guerrero victorioso y ávido de sangre que unce a su carro triunfal, como esclavos, a los vencidos, a quienes un poder bienhechor ha cegado hasta el punto de que, casi despedazados por las ruedas del carro, exclaman aún: ¡Dignidad del trabajo! ¡Dignidad del hombre!

    Así, pues, el que reflexione sin prejuicios sobre la estructura de la sociedad, el que se la imagine como el parto doloroso y progresivo de aquel privilegiado hombre de la cultura a cuyo servicio se deben inmolar todos los demás, ese ya no será víctima del falso esplendor con que los modernos han embellecido el origen y la significación del Estado. Los griegos nos lo revelaron con su certero instinto político, que aun en los estadios más elevados de su civilización y humanidad, no cesó de advertirles con acento broncíneo: el vencido pertenece al vencedor, con su mujer y sus hijos, con sus bienes y con su sangre. La fuerza se impone al derecho, y no hay derecho que en su origen no sea demasía, usurpación violenta.

    Lo que aquí exponemos en un ejemplo particular tiene una significación universal: cada hombre, en su total actividad, sólo alcanza dignidad en cuanto es, consciente o inconscientemente, instrumento del genio; de donde se deduce la consecuencia ética de que el hombre en sí , el hombre absoluto, no posee ni dignidad, ni derechos, ni deberes; sólo como ser de fines completamente concretos, y al mismo tiempo inconscientes, puede el hombre encontrar una justificación de su existencia.

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