Algunos filósofos defienden que el lenguaje modifica el mundo (exterior). Pero esto no es cierto. Con el lenguaje no se modifica el mundo. Con el lenguaje solo se modifica nuestra representación del mundo. Alonso Quijano, transfigurado en Don Quijote de la Mancha, es el paradigma de hasta que punto el lenguaje modifica nuestra representación del mundo, a saber, hasta el punto de percibir unos molinos de viento y representarse unos gigantes. Según Cervantes, Alonso Quijano “se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del mucho leer y del poco dormir se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio”. De ahí que la representación que Alonso Quijano extraía de los libros se le impusiera a su percepción del mundo.
Usando el lenguaje,
formulamos la siguiente descripción: una joven, delgada y atlética, corre por
el campo. En la realidad la mujer joven, su delgadez, su cuerpo atlético, su
acto de correr, y el campo por el que corre se dan de forma simultánea. Sin
embargo, el lenguaje transforma todos estos aspectos que en la realidad se dan
de forma simultánea en aspectos sucesivos: primero decimos “una joven”, después
“delgada”, a continuación “atlética”, luego decimos “corre”, y, por último,
decimos “el campo”. Además, el lenguaje disocia el sustantivo de sus
cualidades, de sus acciones y del lugar en el que transcurre sus acciones.
A la hora de escribir, ya
seas un pensador o un literato, yo te aconsejo que le des todo el poder
representativo al sustantivo y, después, al verbo. Los adjetivos y adverbios
deben ir en segundo lugar. No te centres en los adjetivos y los adverbios. En
el sustantivo, como partes de él, están todos sus adjetivos, todas sus acciones
y todos sus adverbios. Si te quedas con el sustantivo como centro, te quedas
con la totalidad; mientras que, si te quedas con los adjetivos o con los
adverbios, te quedas solo con partes del sustantivo, y, por consiguiente, tu
pensamiento no estará centrado ni captará el conjunto de aquello a lo que tu pensamiento
apunta. Yo leo así: centrándome antes que nada en el sustantivo, teniendo en
cuenta que los adjetivos no debo separarlos del sustantivo, así como tampoco
separo los adverbios de las acciones del sustantivo. Y las acciones son siempre
las acciones del sustantivo. Gráficamente es como si los adjetivos, adverbios y
complementos fueran flechas que terminan clavadas e integradas en el
sustantivo. Así que nuestra mente discursiva debe girar en torno al sustantivo;
y concedámosle entonces, a esa maravillosa y prodigiosa forma gramatical, todo
el poder representativo o la parte central y principal del poder representativo.
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