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domingo, 17 de mayo de 2015

Las decisiones y el peso de la conciencia

Entiendo por psicología social el estudio del ser humano en su relación con los otros y con lo otro. Con la expresión “los otros” me refiero a las personas, y con la expresión “lo otro”,  a las cosas. Creo que todo el mundo sufre desequilibrios emocionales que pueden terminar en una enfermedad psíquica o no. El origen de estos desequilibrios debe buscarse no en el interior de la persona, sino en la historia de sus relaciones con los otros y con lo otro. No creo que la clave esté en si las relaciones con los otros están marcadas por la armonía o por la lucha,  sino si te sientes feliz, contento, alegre. Yo en la lucha, más que en la armonía, me siento muy contento. Creo que hay más desarrollo y enriquecimiento personal  de ese modo. No debemos sobrevalorar los acuerdos, los desacuerdos son también fundamentales. Al igual que no debemos sobrevalorar los éxitos, los fracasos son también parte fundamental de la vida. Cuando nos sobreviene un fracaso, nos esforzamos más y buscamos una nueva salida. Tal vez en lo negativo haya más movimiento que en lo positivo.

Cada persona es un mundo. Así que cada persona debe ser libre en su toma de decisiones. Nadie debe depositar en la voluntad de otra persona sus propias decisiones. No obstante,  siempre es conveniente preguntar a los demás sobre su experiencia en la materia en la que tenemos que tomar la decisión. Pero nunca debes decir yo decidí tal cosa porque tal persona me dijo tal cosa. No debes centrarte en si te equivocaste o acertaste, sino en la satisfacción que supone que tú hayas tomado la decisión por ti mismo. Creo que el error en estos casos está en que la persona en cuestión no sabe en qué debe centrarse. Le da mucha importancia al hecho de que su decisión fue equivocada en vez de que haya fortalecido la autonomía de su voluntad al decidir por sí misma lo que debía hacer.
Creo que las personas que están bajo tratamiento psiquiátrico le dan una importancia especial a ese hecho. Los que están bajo tratamiento por problemas cardiacos o por problemas diabéticos tienen más normalizada su situación. Quien está cojo necesita de un bastón. Todos necesitamos de remedios externos para hacer una vida normal, unas personas en mayor grado que otras. Pero esas deficiencias en la salud no deben desempeñar un papel decisivo o determinante en la conformación de la personalidad. Tampoco debe ser presentado como la causa que nos impide hacer determinadas cosas. Cuando no queremos hacer una cosa, no busquemos causas que tengan que ver con nuestra salud física o psíquica. Siempre es más saludable decir que no lo haces porque sencillamente no quieres. Y si hay razones, las debemos dejar para nosotros mismos. Pero hacemos mal si buscamos escusas para legitimar nuestros actos de libertad. El “no quiero” sin dar razones es uno de las mayores lujos de los que puede gozar una persona.
Hace algunos meses en la prensa local un afamado psicólogo afirmaba que los arrepentimientos es una de las causas fundamentales de la infelicidad. No debemos arrepentirnos de lo que hacemos. Y si no tenemos más remedio que arrepentirnos, el arrepentimiento no debe estar en nuestro corazón durante mucho tiempo. Hay que evitar que nuestra mente y nuestro corazón enfermen. Una de las lecciones más importante que obtuve de la lectura de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha fue el mal que causa al espíritu el predominio de la representación sobre la percepción. Si lo que hemos hecho en el pasado ocupa de continuo nuestra mente, inevitablemente la representación se impondrá sobre la percepción, esto es, el pasado dominará al presente. El no ser pertenece al pasado, mientras que el ser pertenece al presente. Del único modo en que el no ser cobra vida es mediante los recuerdos. Las personas mayores, alejadas de la vida, viven continuamente de recuerdos. Y así languidecen de espíritu. Hay que dejar que lo que ocurrió en el pasado quede en el pasado. Hay que evitar traerlo a colación en el presente. Sobre todo si ese pasado nos entristece. Las montañas, el mar y el cielo no te hablarán, aunque camines a su lado, si tú de continuo estás en el pasado.  No asfixies a la percepción mediante la representación. Cuando una persona recuerda de continuo a un ser querido muerto, bajo forma religiosa otras personas le aconsejan que lo deje ir. De ese modo la persona que recuerda se libera del pasado, se libera de la representación que ahoga a la percepción. Así la percepción recupera su libertad y su papel. Y la persona en cuestión será más feliz.

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