La percepción y concepción que tenemos del mundo, de las personas y de las cosas, debe basarse en la conciencia y no en los sentimientos. No se trata de suprimir los sentimientos, sino de tenerlos bajo el dominio de la conciencia. El otro día estaba viendo un vídeo en YouTube. Se trataba de un grupo de músicos callejeros rumanos que actuaban al lado del Duomo en Florencia. En esa ciudad estuve yo y me encantó. Soy un amante del Renacimiento. Un asiático se ofreció para tocar el contrabajo y el grupo en su conjunto interpretaron Autumn Leaves. Me llené de sentimientos y se me escaparon algunas lágrimas. Me emocionaron el asiático y el rumano que tocaba el violín. También me emocionaron las personas que rodeaban a los músicos, al igual que una mujer que se hizo una fotografía al lado del músico que tocaba la guitarra. Qué enorme poder tienen las fotografías: eternizan determinados momentos felices de nuestra vida y representan, como he dicho en varias ocasiones, la memoria objetiva.
Yo soy muy sentimental, pero
en ningún caso los sentimientos determinan mi percepción y mi concepción sobre
los músicos callejeros rumanos ni sobre la belleza arquitectónica y artística
en general de la ciudad de Florencia, como tampoco de los problemas que
ocasionan el turismo masivo y el alquiler vacacional.
Los sentimientos no son malos
de por sí, pero no deben mandar en la percepción y concepción del mundo. Los
sentimientos son la base de la religión; los evangelistas los explotan al
máximo; y también son el blanco al que apuntan los discursos de la extrema
derecha y buena parte de la derecha. La mayor manipulación que se puede hacer a
la conciencia de los hombres y de las mujeres, se hace desde los sentimientos.
Los sentimientos se oponen a la razón objetiva. Los sentimientos son ciegos. No
se trata de ser fríos, esto es, no se trata de dejar que en ocasiones los
sentimientos nos dominen. Si estamos haciendo el bien, si somos solidarios, si
somos compasivos, es bueno que los sentimientos nos dominen. Pero también los
sentimientos constituyen el reino del mal y nos llevan por malos caminos: por
el camino del racismo y por el camino de darle la espalda a los pobres que habitan
en el mundo y que tan poco protagonismo tienen en los medios de comunicación de
masas.
Hay personas que aman desde
los sentimientos, pero se debe amar desde la conciencia. Quien ama desde los
sentimientos, percibe al otro, al objeto de su amor, con ilusiones y no con
realidades, y es más proclive a las palabras que a los actos. Y cuando falla,
esto es, cuando no cumple con aquello que dice que siente, el amor al otro, se
defiende diciendo que hizo lo que pudo. Pero no se trata de saber si uno hace
lo que puede, sino si ha estado a la altura del problema que debe enfrentar y
solucionar. Y para enfrentar y solucionar el problema que nos ha tocado vivir,
hay que hacerlo desde el saber y desde la razón. Afirmar que has hecho lo que
has podido, significa que solo tratas de justificarte y tranquilizar tu
conciencia. Si, por el contrario, reconoces que no has estado a la altura,
reconoces tu ignorancia y te ves obligado a mejorar tu conocimiento del mundo.
Las personas que basan su amor
en los sentimientos son propensas a culpar a los otros y reclamar que los otros
cambien, pero la clave es que son ellas quienes tienen que cambiar. Así que, si
quieres amar de verdad, menos ilusiones y más realidad, menos sentimientos y
más conciencia, menos palabras y más actos, y reconoce siempre que no tienes el
conocimiento suficiente para hacer que el mundo sea mejor.
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