Los griegos del periodo clásico consideraban que la belleza estaba en la juventud y que después de los cincuenta años esa belleza se marchitaba y terminaba por desaparecer. De ahí que concibieran la belleza como pura apariencia. Hoy día ya no es así: ni el mundo es así ni la concepción estética del mundo es así. Sin duda que la juventud es la principal belleza, no obstante, también es cierto que la belleza está en todo y en todo se puede encontrar belleza. Recuerdo que mi cirujana -recientemente me han operado de un aneurisma de aorta abdominal- me dijo que esa operación era muy bonita. A mí me reconfortó. Tenía una visión estética de una operación quirúrgica de alto riesgo. También me alegra saber que en muchas portadas de moda aparecen mujeres con setenta y ochenta años. Así que la belleza y la atracción la encontramos también en personas de 70 y 80 años. Una persona con 80 años puede ser fina y elegante, también puede tener una sonrisa encantadora y una voz dulce, y puede ser inteligente y culta. Las arrugas en los brazos y los ojos cansados y acuosos también pueden atraer y gustar. Así que confirmamos que la belleza está en todo.
Del libro La tiranía
del mérito de Sandel aprendí varias cosas, entre ellas que los “ganadores”
miran por encima del hombro a “los perdedores”, lo mismo que hacen los que
tienen estudios superiores con los que tienen estudios básicos, o los que se
consideran sabios y especiales con las consideradas personas vulgares y
corrientes. Sigo. Soy un amante de las series televisivas. Ventaja: los
episodios suelen durar 50 minutos. Me gusta vivir las cosas con intensidad,
pero que no duren más de una hora. Me alimento de las primeras impresiones, que
son siempre las más vivaces y de mayor fuerza. Cuando visito los museos tengo
el mismo comportamiento. También me sucede que me da los mismo ver una película
desde el principio, desde la mitad o en los minutos finales. Sigo el método de
Lenin: cuando lees un libro, hay zonas claras y zonas oscuras. Del mismo modo
veo las series televisivas. No necesito verlo todo claro. Dejo que las cosas se
desenvuelvan y casi al final del episodio o de la serie ves claro muchas cosas
que al principio se presentaban oscuras.
Tengo preferencias por
las series ingleses, por su alto nivel dramático, y por las series nórdicas. Me
gusta la sociología y psicología que predominan en las series finlandesas,
danesas y suecas. Les pongo un ejemplo: “Un hombre, ingeniero especializado en
energías limpias, estaba sentado en el salón de su casa. Se le veía preocupado.
Las cosas no le estaban saliendo como él había previsto. Tenía en marcha un
ambicioso y novedoso proyecto de energía renovable, pero el ayuntamiento no
confiaba en su propuesta. En ese momento llegó su mujer. Le dijo a su marido:
fui a ver a tu hermano y me acosté con él. El marido le preguntó: ¿Cómo te
sientes? Ella respondió: mal. Su marido añadió: hay comida preparada en la
cocina. Ella se enfadó y le dijo: ¡Vete a la mierda! Media hora después estaba
fuera de la casa arrastrando una maleta. Tomó un taxi y se fue”. Me gustan los nórdicos porque emplean pocas
palabras en resolver sus diferencias y se centran más en actuar. No son como
los latinos, españoles e italianos, que por el mismo incidente que antes les
comenté hubieran armado una guerra: voces, insultos, amenazas y llantos. Los
nórdicos son muy individualistas. Individualista no es lo mismo que egoísta. El
individualista es quien tiene mucho desarrollo personal y se suele bastar a sí
mismo. Aunque son muy individualistas, los nórdicos son los que disfrutan del
Estado del bienestar social más desarrollado del mundo y disponen de la
justicia social más admirable de la Tierra: tienen los menores índices de
pobreza, los tipos impositivos más altos para los ricos, y donde las mujeres
ocupan papeles dirigentes y de poder tanto como loshombres. Así que se cumple
la máxima marxista: a más desarrollo social, más desarrollo individual. Y para
que queden las cosas más claras: Ayuso no defiende la libertad individual, ni
tan siquiera el individualismo, sino el egoísmo de los más ricos.
Aconsejé a un amigo, al
que tengo por buen pensador y dotado de cierta sensibilidad estética, que viera
una determinada serie inglesa de la cual no recuerdo su nombre. Al cabo de veinte
días me dijo, con cierto desdén, que la serie que le recomendé no le había
gustado y que estaba llena de tópicos. Me extrañó su comportamiento. La serie
no era diez, pero sí era seis o cinco si se quiere. Se estaba comportando de
forma meritocrática, aunque en este caso miraba por encima del hombro a este
producto artístico. Yo me había llevado ya algo cuando vi en su momento esta
serie. De hecho, escribí una pequeña reflexión titulada Debes mirarle a los
ojos. Pero voy a entrar en otros detalles. La serie trataba de una mujer
que había sido reclutada por un organismo gubernamental dedicado a luchar
contra el crimen organizado. Y el protagonista, tal vez secundario, vamos a
llamarle Ricardo, era un asesino muy profesional, cuya misión era proteger a la
mujer recién reclutada, vamos a llamarla Gloria, y enseñarle a defenderse y a
asesinar si fuera necesario. Ricardo cumplió con su misión de manera excelente
y eficaz. Su lealtad era inquebrantable y siempre se ponía al frente cuando las
cosas se ponían feas.
Hablemos ahora de un
aspecto sociológico importante en la serie. Al frente de la organización
gubernamental estaba una mujer, la protagonista principal era una mujer, al
frente de una banda criminal estaba una mujer, y dentro del grupo de asesinos
profesionales que acompañaron a Ricardo había tres mujeres. Así que la lección
es clara: la serie era netamente feminista. Mi amigo, afectado por la ideología
meritocrática, ni vio este hecho ni se lo llevó consigo. Hablemos ahora de un
segundo aspecto sociológico. Ricardo tenía un antiguo novio. Se amaban, se
querían, y se respetaban. El novio de Ricardo, al que llamaremos Jonathan,
vivía solo y en la actualidad tenía una hija. Jonathan tenía una elegancia y
educación exquisitas. Era correcto, educado y sensible. Y el director de
fotografía se lució con una fotografía tomada desde lo alto y donde aparecían
semidesnudos los dos amantes. La fotografía me pareció sublime. Tampoco mi
amigo vio este hecho y no se lo llevó consigo, al campo de su conciencia, donde
debería echar raíces y desarrollarse.
Les hablo ahora de una
tercera cosa. Hoy estaba viendo un partido por la televisión y el comentarista
dijo: Antonio tiene la pelota, pero no sabe que hacer con ella, y terminó
perdiéndola. Y añadió: No puede ser de
otra manera, Antonio es un finalizador y no un conductor. Así que hay
conductores de pelota y hay finalizadores de jugadas. Hay jugadores que además
de conductores saben retener bien la pelota y no es fácil quitársela. Y hay
otros que además de estas cualidades, ven espacio donde otros no lo ven y hacen
pases magistrales. Así que tenemos distintos tipos de jugadores o distintas
cualidades futbolísticas: conductores, regateadores, pasadores, retenedores,
finalizadores… De este modo las distintas funciones futbolísticas atribuibles a
los jugadores se sustantivan. Vemos aquí el poderoso papel de las palabras
cuando están presentes las imágenes: su función generalizadora y cómo captan la
esencia y cómo continuamente se alimentan y se remiten a lo existente. Sobre
este mundo se puede reflexionar y profundizar en el ámbito de la lingüística,
de la sociolingüística y de la semiótica mucho más de lo que yo lo he hecho.
Solo quería mostrar la importancia intelectual de lo que reza en el título de
este trabajo: en todo veo algo y de todo me llevo algo. Ojalá mi amigo tome
nota, abandone su comportamiento meritocrático, y me imite.
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